viernes, 23 de marzo de 2012

Voces

La artesanía de mi  verso
Libera voces amadas,
Voces dulces, voces blandas
Voces que sangran
En la memoria de nuestra historia
Voces de mujeres bravas
Voces hermanas,
Voces turbadas que  invocan
A la madre de todas las madres:
A la Madre Patria.

Inés de Suárez

Y al comienzo fue
Doña Inés de Suárez
Abnegada mujer guerrera
Celadora del sueño colonialista
Que al bruñir de las sombras
Emergió cual Negra Leyenda
Y teniendo por honor
Con su vida salvar la vida
De las huestes conquistadoras
Luciendo cota de hierro
Sin titubear ni un instante
Decapitó, entre otros, a Quilicanta.
Confinada por causa de sus afectos
La  intrépida Capitana
De la insidiosa moral colonialista
Cargó la cruz
Macizo legado infame
Perpetuado hasta nuestros días
Por  una vil raza de hombres castrados;
La fracción  más oscura de mi memoria.
¡Bendita seas, Inés,
Hermana Conquistadora
Por los siglos de los siglos!

Quintrala

En  sudario almidonado
Aquieta Mesalina su arrepentimiento
Cenizas de plata resplandecen
En el agustino convento,
De rodillas un Cristo de Mayo
Ante su rostro de puro hueso
Concede un perdón muy tardío
Por la sangre nativa
Que en brasas vertió en su pecho.
En la espesura de su morada,
Catalina , premonitoriamente
Anticipaba venganzas.
Ya desde entonces no eran
Tan solo pequeñas contiendas
Ya desde entonces no eran
Ligeras flaquezas
Las que llagaban en cuerpo y alma
A vírgenes azucenas.
Brutal comedia de mal vivir
Transcrita por los bestiarios.
¡Bendita seas, Catalina,
Hermana Justiciera
Por los siglos de los siglos!

Javiera Carrera

Entre Cordillera y el Pacífico
Comprimida estaba Javiera
Socavando sin temor
Hondonadas y trincheras
En los paisajes quebrados
Dignísima nuestra Carrera,
La libertad de la Patria
Su destino y su Frontera.

En su patriótico celo
Superior a  Juan José
Luis y José Miguel,
Nuestra  grandiosa Atenea
De azul, amarillo y blanco
Enarboló la bandera.
Señora de la Patria
Albacea de una casta libertaria
Cuya memoria
Aún no conoce la  gloria
¡Bendita seas, Javiera,
Hermana,  Madre de Chile
Por los siglos de los siglos!

Guacolda

¡Ay,  Wa-koli, o quizá, ¿ Teresa?
Desde lo hondo de mi pequeñez te invoco
Soberbia India de los llanos,
Mi alma está sedienta de tu sangre
Mi carne está vencida
Y cuando cae la tarde
El divino fantasma de tu amante
Ironiza con mi falda
Pues para ofrecer a mi amado
Yo sólo tengo quejidos
Y la espectralidad de mi llanto.

¡Wa-koli!
Cuando la radiante espada
Del fuego de la noche
Desmenuce el día
Hazme revivir por tu muerte
En mi entraña vuelve a la vida
Tú que no hablaste nunca
El lenguaje de los vencidos
En conjuro de  noche mágica
Para igualar tu grandeza
Haz que en mi pecho se inflame
El hechizo de la belleza.

¡Bendita seas Guacolda, Hermana,
Emblema del Arauco indómito
Por los siglos de los siglos!

Teresa de Los Andes

Cuando mi corazón escuchó hablar de ti
Se arremolinaron confusas
Las ideas en mi alma
Doloridas temblaron mis entrañas
Y en el centro nocturno de mi mundo
Más que nunca me sentí
Criatura turbia y humillada.
"Cristo, ese loco de amor
Me ha vuelto loca", tú dijiste
Arrebatada de pasión
Tocando el cielo
Y entonces yo, en la amarga convicción
De un gran error
Abrazando sólo al aire entre mis brazos
Condené el pretérito minuto
En que sordo hice el oído
Y burlando al Santo de Israel
Renuncié al querer
Del único hombre merecido.

¡Bendita seas, Teresa de los Andes,
Santa Hermana
Por los siglos de los siglos!

Violeta Parra

De pueblo en pueblo a galope
Montada en su caballo
Por un sendero de tierra
Guitarra en mano,
Desenterrando tristezas
Niños hambrientos
Y amores malos
Buscando tal vez
En el canto dulce de otra mujer
Derramar  su pena
Intensa nos iluminó y se fue
Sin usar metáforas
Nuestra hermana, Violeta.


¿Por qué tendería la vida
Sobre su piel desnuda
El manto de su aspereza?
¿Por qué le daría el destino
Nacer con el corazón herido?
Y consagrarse en el mundo
Donde termina toda dulzura
Intentando el conjuro
De agradecer a la vida
En su desventura.

¡Bendita seas, Violeta,
Hermana de mi tristeza
Por los siglos de los siglos!